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Los medios y la felicidad

Posted by Glen Villarreal en 09/08/2010

Este es un hecho, en todos los confines del mundo: la vida social no es posible sin espacios para difundir y recrear cultura, valores, ideas, pensamientos y noticias. El despliegue de tales necesidades humanas le da sentido a las herramientas de la comunicación, y éstas también, según su grado de desarrollo tecnológico, delimitan los tipos de relación entre las personas. Es claro: para el hombre de mediados del siglo XIX cuando el invento del telégrafo, no son lo mismo la distancia y el tiempo, que ahora con Internet y, en particular, las redes sociales.
Registramos la brecha digital, por supuesto; no hay medio en este país que haya divulgado tanto sobre el tema. Ahora aludimos a las posibilidades de la tecnología y a un fenómeno mundial que trastoca comportamientos sociales como tal vez no habia sucedido después de la Revolución Industrial. Hay quienes ven signos de decadencia en ello y quienes lo festinan como el desarrollo cúspide del hombre. Son los apocalípticos e integrados de siempre frente a la novedad insospechada.
Este es el estado de la cuestión: asistimos al trastocamiento de formas de convivencia en los dispositivos del ciberespacio mediante un tráfico de temas, y una exhibición de actitudes, tan diversa y compleja como la vida misma. Todo puede difundirse de un lugar a otro no obstante que medien cientos de miles de kilómetros de distancia. En fracciones de segundo. De este modo, el mundo se conmueve con las catástrofes naturales o de cualesquier otra índole en donde sea, o se emociona al unísono con eventos deportivos y hasta encumbra a cierto molusco porque tiene supuestas cualidades adivinatorias. Por ello es posible aventurar una hipótesis: estamos frente a la decadencia de la dictadura de los medios de comunicación tradicionales y de las acciones políticas que pretenden establecer la agenda pública.
Pero no atestiguamos sólo una era de la información en donde la diversidad temática y su difusión simultánea son algunos de sus rasgos esenciales. Esa era es parte central de la vida cotidiana por lo que la entelequia académica requiere estudiar cómo nos transforma el hecho de que en los dispositivos de la comunicación experimentemos todos los estadios posibles según el ánimo, la proyección personal o la predisposición intelectual. Por eso no nos resulta extraño el tema central de esta edición –los medios y la felicidad–. Trata de las expectativas inherentes a nuestra propia naturaleza en un etapa donde no existe arquetipo de hombre o de mujer feliz sin tener como referencia a los medios de comunicación.
Sobre aquella base, a las variaciones en que discurre el texto de Regina Freyman podríamos agregar otras, en el entrecruce de los medios tradicionales, los digitales y la web. A quien asocia la fama con la felicidad o piensa que existir significa ser mirado por millones, incluso sin importar los motivos de su presencia mediática o los usos que las empresas de medios hagan de él para propalar el mensaje que éstas han dispuesto. En otros caminos, también se ubica el gobernante que busca en todos los medios posibles modificar las “percepciones” que le resultan desfavorables, para intentar persuadir de que el presente es menos infeliz, si se quiere decir así y, en tales intersticios, también se hallan los que ofrecen, al través de los medios, el horizonte de la felicidad para generar las simpatías políticas del caso. Por cierto, ¿qué tan felices serán los empresarios de Televisa a quienes el gobierno federal les ha dado todo para el crecimiento de sus negocios y su consolidación como poder fáctico en México?
En la medioesfera buscamos la felicidad, más allá de lo que el término (nos) signifique. El tipo que en el televisor mira como suya una trama que, en realidad, le es ajena; quien escribe o lee historias fantásticas o novelas de los entresijos del amor u obras resultado del ejercicio de la academia. El reportero que informa los hechos y el interlocutor que se forma opinión; el periodista que informa en la radio o el locutor que pone a cantar y a bailar, a reir o a llorar a la audiencia. Y todo eso junto en la red, además, con la oportunidad de la interacción. Es decir, esto también nos remite al usuario de la red que genera su propio universo, vale señalar, su campo para la felicidad.
La felicidad es un estado utópico. Una aspiración natural que es, sin embargo, inalcanzable. Fernando Savater dice que, en todo caso, es más propio hablar de alegrías y, entonces, si es ese el caso, el trozo de felicidad depende de las alegrías que cada quien haya acumulado. Por eso nos da orgullo hablar de la felicidad, en el entorno de lo que aquí en etcétera hacemos que es participar del análisis de los medios en México y en el mundo. Lo hacemos con alegría, y concientes de lo que el filósofo español advierte: “la tarea de la ética no es fundar el deber ni proporcionar decálogos sino ilustrar el querer”. Ojalá que nosotros le hayamos ilustrado a usted por qué diablos hablamos aquí de la felicidad y los medios de comunicación. Nos sentiríamos muy alegres de saber que así fue.

Tomado de: http://www.etcetera.com.mx/articulo.php?articulo=4630

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